La tumbona del tirano



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La caja oblonga

Hace unos meses, a fin de resolver un pequeño trámite administrativo, acudí a la Tesorería General de la Seguridad Social, edificio de antigua construcción pero buena presencia. El día anterior a mi visita, me apresuré a reunir la documentación necesaria para poder realizar el susodicho trámite.
Al día siguiente, al terminar el primer tramo de mi jornada laboral, acudí raudo a mi visita ya que no disponía de mucho tiempo para llegar y el vetusto edificio se encontraba notablemente alejado de mi centro de trabajo. Al llegar, y según recuperaba el aliento, descubrí que allí había un gran número de personas. Noté que dentro que aquella horda armada documentación en ristre, figuraban varios conocidos y, entre otros nombres, me alegré de encontrarme a CFR (usaré sus iniciales por confidencialidad), joven artista de marcado carácter amistoso. Su temperamento era el de todo hombre talento: una mezcla de misantropía, sensibilidad y entusiasmo. A esas características se les unía el mejor corazón que jamás haya latido en un pecho humano.

Junto a la puerta, se encontraba un sencillo aparato que parecía saludar a todo el que entraba, ya que el gesto, prácticamente automático, al entrar por la puerta era ir a coger número. Observé que mi amigo parecía haber conseguido el número veintinueve, que el marcador aún mostraba el diecisiete y que yo disponía del cuarenta y uno. Comprendí entonces que la espera sería larga.

Encontré algo bastante extraño, y es que dentro del local soplaba una sostenida brisa tibia cuya causa me era desconocida. Tal vez por el aburrimiento de la espera, me encontraba en uno de esos estados de melancolía espiritual que inducen a uno a mostrarse anormalmente inquisitivo sobre meras nimiedades; confieso avergonzado, pues, que me entregué a una serie de conjeturas absurdas sobre el origen de aquel templado céfiro. Tal vez, una mente activa no acepta la condena de la espera y necesita dedicarse pertinazmente a algún asunto por irrelevante que resulte.

Pese a que las causas no daban la impresión de querer salir a la luz, indagué todo lo posible al respecto con el único arma que tenía a mano: la observación. Oteando el local intenté averiguar si su configuración arquitectónica lo hacía proclive a sufrir de corrientes, hasta que al final conseguí columbrar una solución al enigma que parecía obvia y satisfactoria: el local parecía disponer de varias columnas de ventilación instaladas en el artesonado y sospeché que conducirían hasta la solana del mismo, creando corrientes entre la entrada principal y la parte superior del edificio.

Así pasaron casi ocho minutos sin que llegará mi turno, tampoco el de mi amigo, que ahora conversaba con otras dos personas. Miré el reloj a pesar de saber la hora, para intentar averiguar cuándo llegaría mi vez.

Decidí ahora dilapidar mi tiempo observando a las personas que se encontraban en ese instante resolviendo sus respectivos trámites. De las quince mesas disponibles, cuatro estaban ocupadas. Había una mujer, vestida con mucho gusto por cierto, en la mesa etiquetada como número dos. Un hombre de mediana edad con cartapacio en la mesa etiquetada como número cinco. Su conducto yugular parecía abotagarse a cada instante. Una pareja de jóvenes en la mesa etiquetada como número seis. Finalmente, en la mesa etiquetada como número diez, una mujer de aspecto algo desaliñado que conversaba, afablemente diría yo, con el funcionario correspondiente. Fue entonces cuando se apoderó de mí, una vez más, la curiosidad.

No había funcionarios suficientes, esto estaba ya claro. De no ser así, no se habría formado tamaña congregación en la sala de espera. Sin embargo, todas las mesas parecían estar ocupadas, en algunas de ellas descansaban abiertos por la sección deportiva varios periódicos, en otras se apreciaban claros rastros de actividad reciente y en algunas de ellas incluso algún café en vaso de plástico a medio terminar.

Entonces sucedió algo llamativo, se abrió la puerta de la entrada una vez más, pero esta vez no para recibir a una nueva ánima que vagaría sin descanso por la sala de espera, sino a un empleado del servicio postal que traía un caja. La caja, de forma alargada, parecía contener algo pesado en el interior y sobre ella, descansaban varias cartas, dirigidas tal vez a la propia oficina. El empleado del servicio postal, realizó la entrega al funcionario correspondiente y se retiró después de tramitar la documentación correspondiente y realizar el reparto de las epístolas por las diferentes mesas.

La caja en cuestión, repito, era oblonga. Tenía unos ochenta centímetros de longitud y treinta de anchura. La observé cuidadosamente y por esto deseo ser preciso. Pronto comencé a elucubrar cuál podría ser el contenido de la susodicha caja. Supuse que se trataría de algún tipo de valija en la que se transportaba documentación de significativa importancia o algún objeto que pasaría a formar parte del erario de la administración pública.

Mientras me encontraba inmerso en mis pensamientos, una voz exclamativa daba voz de aviso desde algún lugar reservado de las miradas indiscretas y casi al instante aparecieron seis personas sin que apenas lograra vislumbrar de dónde habían aparecido. El acto de subrepción fue mayúsculo. Las seis personas se agolparon sobre la caja oblonga con idéntico visaje que un infante abrazaría un regalo del día de Navidad. Torpemente intentaban, tal vez por el nerviosismo del instante, abrir la caja. No repararon en que toda aquella masa que esperaba impacientemente su turno, contemplaba la escena. Era un amargo contrapunto, el contraste entre semblantes de ilusión y semblantes de tedio absoluto, no hay luz sin oscuridad pensé.

Una de las personas que manipulaba la caja parecía bastante locuaz. Además, daba muestras de un magnífico espíritu jovial. Esto parecía haber contagiado a algunos de sus compañeros que reían a carcajada limpia mientras vaciaban el contenido de la caja oblonga. No creo que nadie en la sala alcanzara a avistar sus secretos. Quizá porque los funcionarios implicados habían sido capaces de opacar la escena con sus propios cuerpos y en parte porque se habían cuidado de trasladar la caja oblonga a un lugar algo más alejado del público general. Tal vez ese fuera el modus operandi, ya que la operación había sido ejecutada con precisión suiza.

De la misma forma que aparecieron, desaparecieron. No sin dejar un rastro de sonoras carcajadas por el camino mientras desaparecían en el reservado.

La conclusión a que finalmente llegué, tras oír y ver, fue que la administración, debido sin duda a un menosprecio absoluto por las personas que allí se encontraban, estaba compuesta por personas que estaban muy por debajo de las circunstancias y por lo tanto, el resultado era de desagrado y desasosiego.

Tiempo después llegó mi turno, parece que uno de los funcionarios que se habían refugiado en el anonimato de las sombras, había comenzado a atender sus obligaciones y la masa disminuía algo más rápido. Sin embargo, al sentarme y plantearle mi petición, de nuevo hubo algo que me llamó poderosamente la atención. La cara de tristeza del funcionario era de las que hacen época. Habló poco, y lo poco que dijo lo expresó de mal humor y con evidente esfuerzo. Aventuré un chiste o dos, y realizó un tremendo esfuerzo para esbozar una sonrisa. Me pregunté de dónde sacaría fuerzas el hombre para poner aquella cara tan triste.Recordé la cara de aquel hombre instantes antes, mirando la caja oblonga con expresión risueña y resolví modificar la estrategia. Inicié una serie de alusiones sobre la caja oblonga, nada más que para hacerle percibir que yo no era víctima de su poco agradable actitud.

El modo en que el funcionario recibió este pequeño gesto de complicidad me convenció de que aquella persona estaba loca. Al principio me observó con mirada ovina, desconectado del mundo. Después parece que la idea fue tomando forma, tuve la impresión de que los ojos se le iban a saltar de las órbitas. Aquel hombre comenzó a tomar un color rojizo bastante llamativo, después palideció, y acto seguido, comenzó a reír a carcajada limpia con creciente vigor. Tuvo que levantarse a tomar un refrigerio para volver a calmarse. Una vez recuperado, volvió aquella cara triste. Decidí no abrir más la boca.

Resueltos mis asuntos, recogí la documentación y puse pies en polvorosa.

Tal vez cometí errores y debería haberme limitado a realizar el trámite y marcharme. Desde entonces ya no duermo bien, hay un rostro triste que me observa constantemente y unas carcajadas histéricas que sonarán para siempre en mis oídos.

En honor a Poe y a los trabajadores del servicio público.


A los políticos les imputan en nombre de la ley y la justicia les libera en nombre de la ruindad.



¿Qué hubieran escrito si se tratará de un centro de estudios?


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